Homilías

QUÉ CIUDADANÃA

Homilía para el Segundo Domingo de Cuaresma, ciclo C - 250316

¿Da lo mismo qué tipo de vida vamos a tener después de nuestra muerte?

Génesis 15; Salmo 26; Filipenses 3; Lucas 9

No es raro escuchar en conversaciones familiares, y también profesionales, el tema de una segunda ciudadanía, sin renunciar a la ciudadanía original. Algunos lo hacen o dicen que es por tradición familiar o razones sentimentales. Otros piensan que puede ser por razones económicas o comerciales. Hay, por cierto, algunas ciudadanías que son muy apreciadas como la norteamericana o la de algún país europeo que le da mucha movilidad dentro de dicho continente. Ahora bien, no podemos ignorar que el obtener una ciudadanía implica gozar de algunos derechos muy valiosos y también el cumplimiento de algunos deberes importantes, si la queremos conservar.

 

Lo que no siempre hemos ponderado debidamente es que, por la Fe, gracias a la Fe, desde nuestro Bautismo, recibimos de regalo, tenemos y tendremos la oportunidad de gozar plenamente de la más maravillosa ciudadanía que pudiéramos imaginar:

 

“Somos ciudadanos del cielo”.

 

Lo dijo San Pablo y lo escuchamos hoy en la Segunda Lectura de la Misa. Este regalo se lo debemos a Jesús. Él es del cielo porque el cielo es de Él. Fue Él quien quiso compartir su ciudadanía celestial con nosotros. Para ello, siendo ciudadano del cielo, se hizo ciudadano de esta tierra para invitarnos a compartir con Él su propia ciudadanía celestial. ¿Cómo fue este maravilloso proceso? Para llevarlo a cabo, Dios se demoró millones de años.

 

Primeramente, Dios nos creó como seres humanos y nos dio la tierra en herencia. Así, todos pudimos verdaderamente considerarnos “Ciudadanos de la Tierra”. Se trata de un inmenso privilegio y una tremenda responsabilidad que, lamentablemente, muchas veces no hemos sido capaces de cumplir. Dios ha tenido infinita paciencia y todavía confía en que nos hagamos merecedores “ciudadanos de la Tierra”.

 

Pasaron muchas generaciones cuando Dios decidió invitarnos a participar de algo nuevo y totalmente inmerecido. Se trata de la “Ciudadanía celestial”. Las cosas, las pensó paso a paso. Primero, decidió tener un pueblo terrenal. Entre todos los lugares de la tierra, buscó a un hombre que le fuera fiel y encontró a Abraham. Probó su fe y su lealtad y le prometió que de su descendencia formaría a un pueblo de su elección. En la primera lectura bíblica de hoy vemos cómo se lleva a cabo un pacto, todavía muy material y terrenal. Así se van generando los vínculos entre el hombre de esta tierra y el Dios del cielo. Abraham pone una ofrenda para Dios y Él acepta esta ofrenda. Dios le promete a Abraham que de su descendencia surgirá un pueblo.

 

Durante largos siglos Dios fue preparando a este pueblo elegido, de los descendientes de Abraham, el pueblo de Israel. Lo condujo a través de innumerables dificultades, guiados por caudillos valientes, jueces, reyes, sabios y profetas. En más de mil años en la historia de este pueblo de Israel se destacaron personalidades como el legislador Moisés, el rey David y grandes profetas como Isaías y Elías. Es en este pueblo donde Dios decide hacerse hombre. Se trata del misterio de la Encarnación. Dios se hizo Hombre en un ciudadano de esta tierra, en un israelita: se encarnó en un descendiente de David. Éste es Jesús, Dios hecho Hombre, ciudadano del cielo desde siempre y ahora, ciudadano de la tierra. Lo vemos en el episodio evangélico de hoy, escoltado por las dos figuras más destacadas de la tradición de este pueblo, Moisés y Elías. La voz del cielo no sólo pone en contacto al Antiguo con el Nuevo Testamento sino vincula lo celestial con lo terrenal.

 

Jesús, ciudadano de esta tierra, ciudadano de este pueblo elegido, el Dios hecho hombre, auténtico ciudadano del cielo, se ha hecho acompañar de tres hombres de esta tierra, Pedro, Santiago y Juan a quienes les enseñará el camino para ser ciudadanos del cielo. ¿Y cuál es el camino?

 

El camino, del que pronto serán testigos Pedro, Santiago, Juan y los demás discípulos de Jesús: el camino es el Misterio Pascual, misterio de la Pasión, muerte en la Cruz, Resurrección gloriosa y Ascensión a los cielos.

 

Entonces, ¿cómo accedemos a la ciudadanía celestial? Entrando en el Misterio Pascual. Recordemos las palabras de JESÚS: “El que quiera venir conmigo, que tome su CRUZ de cada día y me siga”. Fue justamente el día de nuestro Bautismo, por la Fe de nuestros padres, fuimos marcados con la Cruz y bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Así entramos a formar parte de la ciudadanía celestial. Luego, en el Sacramento de la Confirmación, sellamos por nuestra propia voluntad el compromiso de nuestros padres y el Obispo marcó una cruz con el Santo Crisma en nuestra frente. Así pues, somos ciudadanos del cielo, aunque todavía no lo disfrutemos plenamente. Por ahora, vamos caminando con Jesús, algunas cruces vamos llevando por mientras, pero todavía no hemos llegado a la muerte, que es el paso definitivo.

 

Desde ese día, desde el día de nuestra muerte, vamos a gozar plenamente de la ciudadanía celestial. ¿Por qué estamos tan seguros?  Porque Jesús nos lo prometió. Porque le creemos a Jesús que murió en la Cruz y resucitó por nosotros, para cumplir lo que nos tiene prometido. Nosotros resucitaremos con Él. Ésta es nuestra Fe. Porque le creemos a Jesús, estamos decididos a ser fieles a sus enseñanzas y corregir nuestros pasos una y mil veces. En eso estamos en esta Cuaresma y esto es lo que volveremos a vivir más intensamente en la Semana Santa.

 

Nos preguntamos:

  1. ¿Tenemos o no tenemos un alma inmortal?
  2. ¿Da lo mismo qué tipo de vida vamos a tener después de nuestra muerte?
  3. ¿Tiene sentido pensar en una eternidad feliz?
  4. ¿La ciudadanía celestial nos compromete a algo?


Música

PACIENTE RECUPERACIÓN

RECUPERAR, RESCATAR, SALVAR - Comentario a las lecturas bíblicas del CUARTO DOMINGO DE CUARESMA – 250330

¿Dónde ponemos más nuestra mirada: en las guerras, desastres ecológicos y corrupción que nos espantan o en las cosas buenas que casa día nos suceden?