Homilías

25 DE DICIEMBRE: NAVIDAD

“CELEBRAR LA NAVIDAD†por Juan Vicente Catret S.J.

Celebrar la Navidad es un tiempo para afirmar que el gran Dios Creador, al que no se puede comprender por mucho que progresen nuestros conocimientos de astronomía y nuestras especulaciones sobre la explosión inicial del universo, se ha hecho un niño como los demás, ha nacido llorando, ha sido envuelto entre pañales... Esto es lo que celebramos en la Navidad.

Celebrar la Navidad es afirmar que la Palabra estaba junto a Dios y era Dios, por la que se hizo y sin que exista nada que no haya sido hecho en ella, se ha hecho hombre; que la plenitud de luz y de vida de la Palabra ha desbordado sobre nuestra tiniebla y nuestra muerte. O, como afirma el comienzo de la Carta a los Hebreos: el Dios que se había manifestado en distintas ocasiones y de muchas maneras a los hombres, “ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo”. Esto es celebrar la Navidad.   La Navidad es el reflejo del misterio de Dios. El prólogo del evangelio de Juan nos dice: “A Dios nadie lo ha visto jamás, el Hijo único que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer”. Sabremos sobre Dios mirando a ese niño, envuelto en pañales, que lo que podemos conocer a través de todas las especulaciones sobre Dios de los filósofos, porque ese niño es impronta del ser de Dios.  
  San Agustín, en un sermón sobre la Navidad, dijo las siguientes preciosas palabras: 
Hemos visto su gloria 
Cristo debía venir en nuestra carne; era Él y no otro, ni un ángel ni un mensajero: era Cristo mismo quien tenía que venir para salvarnos... Había de nacer en una carne mortal, como un niño pequeño, recostado en un pesebre, envuelto en pañales, amamantado; un niño que crecía con los años y al final murió de muerte cruel. ¿Todo esto no es testimonio de su profunda humildad? ¿Quién nos da estos ejemplos de humildad? El Dios altísimo. 
¿Cuál es su grandeza? No la busques en la tierra, sobre más allá de los astros. Cuando llegues a las regiones celestiales, oirás decir: sube más arriba. Cuando hayas llegado hasta los tronos y dominaciones, principados y potestades, aún oirás: sube más arriba, nosotros somos meras criaturas. Levántate, pues, por encima de toda criatura, de todo lo que ha sido formado, de todo lo que ha recibido su existencia, de todos los seres cambiantes, corporales o espirituales. En una palabra, por encima de todo. Tu vista no llega a alcanzar la meta. Es por la fe como te tienes que elevar, ya que ella te conduce hasta el Creador. 
  Entonces contemplarás la Palabra que estaba en el principio...La Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Todo fue hecho por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto llegó a existir. En ella estaba la vida. Esta Palabra ha bajado hasta nosotros. ¿Qué éramos nosotros? ¿Merecíamos que llegara hasta nosotros? No, éramos indignos de su compasión, pero la Palabra se compadeció de nosotros”. 

  Termino con una poesía del asturiano Alfredo Fernández Zetta(1921-2011) titulada:  

          VILLANCICO HUMILDE DEL BLANCO FAROL 
 
Blanco era el farol 
que san José encendía,

blanco era el portal 
y era blanca María.   

Blanco era el farol 
sobre la humilde cuna 
y blanco era el pañal

trascendido de luna.   

Blanco era el farol 
que al nacido alumbraba

y blanco el corazón
del pastor que lo adoraba.   
Blanco era el farol 
que iluminaba la escena.   

¡Oh, blanca Navidad, 

blanca Nochebuena! 
 
    j.v.c. 


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